Un tratado médico de 1671 escrito por el sacerdote libanés Antonio Fausto Naironi legitimó el consumo de la bebida en Roma, asociando su descubrimiento a la divina Providencia y derribando los prejuicios hacia el «vino de los turcos»
Detrás de cada taza de espresso o cappuccino que se sirve hoy en el mundo existe una herencia cultural que une a Oriente con Occidente. Aunque la cultura popular atribuye de forma generalizada el descubrimiento del café a un pastor de cabras llamado Kaldi, la primera versión escrita de este relato no nació en las montañas de Etiopía, sino en los pasajes académicos de la Roma del siglo XVII. Su autor fue el padre Antonio Fausto Naironi, un sacerdote católico maronita de origen libanés que se convirtió en el gran introductor y legitimador de esta bebida en la cristiandad.
Naironi, profesor de siríaco en la Universidad Sapienza de Roma, publicó en 1671 la obra De saluberrima potione cahue, seu cafe nuncupata discursus (Discurso sobre la bebida más saludable llamada cahue o café). Este volumen se consolidó como el primer libro impreso en Occidente dedicado íntegramente a analizar las propiedades, el tostado y los beneficios de los granos de café.
De cabras hiperactivas a las vigilias monásticas
El tratado del sacerdote libanés recoge la crónica de un pastor molesto porque su rebaño se negaba a dormir, saltando y bailando durante las noches en el actual territorio de Yemen. Al quejarse con los monjes de un monasterio cercano, el prior hirvió las bayas de los arbustos que consumían los animales, descubriendo una infusión que ayudaba a la comunidad a mantenerse alerta durante los servicios y oraciones nocturnas.
Con esta narrativa, Naironi logró un hito sociocultural: «bautizar» y dotar de un contexto monástico respetable a un producto que la Europa cristiana miraba con recelo, debido a sus raíces en el mundo islámico y a su etiqueta popular como «el vino de los turcos».
El dato: Aunque la leyenda asegura que el Papa Clemente VIII ya había probado y bendecido el café de manera informal al considerarlo «demasiado delicioso para dejárselo a los infieles«, fue el libro de Naironi el que le dio validez científica y teológica ante las autoridades romanas.
El arte del tueste perfecto en el siglo XVII
Lejos de ser un simple relato de maravillas, el manual de Naironi funcionó como una guía médica y gastronómica avanzada para su época. En sus páginas se detallan instrucciones precisas que hoy firmaría cualquier barista profesional:
El punto de tostado: Distinguía entre el tueste ligero y uno más oscuro y aceitoso (al que consideraba superior), advirtiendo que los granos debían retirarse del fuego al adquirir un color marrón violáceo para evitar que se quemaran.
La preparación: El polvo debía verterse en agua hirviendo dentro de un recipiente de peltre, dejarse hervir a fuego lento de forma breve y consumirse caliente tras permitir el reposo del sedimento.
Consumo moderado: Siguiendo la medicina de la época, desaconsejaba tomarlo con el estómago vacío para no estimular la «bilis amarilla» (asociada a la irritabilidad) y sugería acompañarlo previamente con pan o fruta.
Una conexión que llega hasta el cappuccino
Para el erudito maronita, el café no era una simple mercancía, sino una muestra de la Providencia Divina que utilizaba a la naturaleza para iluminar la razón humana.
Esta asimilación eclesiástica de la bebida abrió las puertas para que, en tan solo una generación, el café se consolidara en Venecia y Roma. La influencia católica en la cultura cafetera actual sobrevive incluso en el léxico: el término cappuccino debe su nombre al color del hábito marrón de los frailes capuchinos, vinculándose de forma histórica a las tradiciones e historias de la Europa del siglo XVII.



