En el sobrio silencio del Monasterio de San José de las Carmelitas Descalzas, en Tlacopac, reposa una obra que desafía las leyes del tiempo y de la física
Se trata del Señor de Santa Teresa, la escultura novohispana más antigua elaborada en México (c. 1545-1550). Tras someterse a una minuciosa restauración de dos meses dirigida por la especialista Claudia Alejandra Garza Villegas, la venerada imagen ha recuperado su aspecto original, lista para continuar un legado que entrelaza la fe, el arte folclórico y sucesos insólitos.

Una obra pionera en caña de maíz
Más allá de su valor espiritual, la pieza representa un hito fundamental en la historia del arte americano. El Señor de Santa Teresa es el primer Cristo documentado en ser moldeado mediante la técnica de pasta de caña de maíz, una fórmula indígena adaptada por los evangelizadores españoles en los primeros años de la colonia.
Composición: Mezcla pasta de caña triturada, papel amate y policromía.
Propiedades: Es una escultura ligera y hueca, concebida originalmente para ser transportada con facilidad en las procesiones del México virreinal.
Impacto: Esta innovación sirvió de plantilla para crear más de 300 esculturas similares, muchas de las cuales terminaron expuestas en recintos religiosos europeos.
Del sudor de sangre al misterio del peso divino
La crónica de la escultura está repleta de capítulos extraordinarios. El más célebre aconteció en Ixmiquilpan (Hidalgo) en 1621. Se cuenta que la imagen se hallaba deteriorada y ennegrecida, al punto de que el párroco local contemplaba sepultarla. Sin embargo, el 19 de mayo de ese año, las campanas del templo repicaron solas. Un feligrés notó que de la figura caían gotas: el Cristo estaba completamente húmedo y, horas más tarde, brotó agua y sangre de su costado derecho.
El suceso motivó su traslado a la capital en 1626, bajo el mandato del arzobispo Juan Pérez de la Serna. No obstante, la devoción popular intentó impedirlo: los cronistas de la época relatan que la caja donde viajaba la escultura se volvió tan pesada que ningún grupo de hombres podía moverla, hasta que las autoridades juraron tratarla con la máxima dignidad.
Ese fenómeno parece repetirse según la tradición oral del monasterio. «Él se hace pesado cuando no quiere que lo lleven a otra parte«, señala la hermana Pilar de la Cruz, recordando que, en traslados recientes dentro del propio recinto, la imagen solo pudo ser levantada por dos religiosas tras susurrarle que regresaría a su sitio habitual.
Resucitado entre los escombros
La fragilidad de su estructura hueca no impidió que sobreviviera a catástrofes mayores. Durante el terremoto que sacudió la Ciudad de México en 1845, la cúpula del Templo de Santa Teresa la Antigua se desplomó directamente sobre la imagen, dejándola completamente aplastada.
Lejos de darse por perdida, la figura fue reconstruida por maestros de la Academia de San Carlos, quienes debieron descifrar la técnica ancestral de la caña para devolverle su forma.
La intervención del siglo XXI
La reciente restauración devolvió a la figura su paleta de colores primigenia, incluyendo los matices azulados y violáceos diseñados en el siglo XVI para escenificar los golpes de la Pasión.
Retiro de añadidos: Se eliminaron capas de intervenciones anteriores que alteraban la textura.
Consolidación: Se reforzó la estructura de caña y papel amate mediante la técnica de rigattino.
Bendición oficial: La imagen fue repuesta solemnemente en su cruz tras recibir la bendición del obispo Carlos Enrique Samaniego López.
Casi 500 años después de su modelado, el Señor de Santa Teresa continúa recibiendo a peregrinos de todo el país —especialmente cada primer domingo de octubre—, consolidándose como un puente indestructible entre la memoria histórica, la maestría artesanal indígena y la devoción popular.




