Entre altares coloridos, aromas de cempasúchil y el tradicional pan de muerto, la gran festividad de noviembre en México convive cada año con el riesgo de diluirse en el comercio o el paganismo. Sin embargo, sacerdotes expertos recuerdan que fe, memoria y cultura pueden ir de la mano
El bullicio de las calles, el papel picado ondeando al viento y las calaveritas de azúcar son solo la superficie de una de las tradiciones más entrañables de Latinoamérica: el Día de Muertos. Cada 2 de noviembre, los hogares se transforman para recibir —en la memoria y el cariño— a quienes ya partieron. Pero, ¿dónde queda la fe en medio de tanta fiesta?
El poder de la oración: el mejor regalo para los que ya no están
Aunque las lágrimas alivian el proceso del dolor humano, a los difuntos no les sirven los lamentos; lo que realmente necesitan son las oraciones, coinciden los expertos.
El P. Mario Arroyo, doctor en Filosofía, señala que la memoria cariñosa debe ir acompañada indefectiblemente de la plegaria. En la misma línea, el P. David Jasso, vicario episcopal de Monterrey, recuerda que si bien un altar puede estar lleno de fotografías y flores, el verdadero núcleo de la celebración debe encontrarse en la Eucaristía y en encomendar las almas a la misericordia divina.
Tradición, no sincretismo
Una de las grandes dudas recurrentes es si elementos como los altares o la creencia de que los seres queridos «vienen de visita» suponen un peligro religioso.
Para el P. Arroyo, la clave está en diferenciar inculturación de sincretismo. Asumir elementos bellos de la cultura prehispánica no es sincretismo, sino una forma legítima de vivir la piedad cristiana. La idea de que los muertos «regresan» simboliza en realidad la cercanía afectiva y la unión inquebrantable que los vivos sienten con sus ancestros.
Los extremos peligrosos, advierten, se limitan únicamente a prácticas ajenas a la fe como el espiritismo o la invocación de entidades.
Claves para vivir un Día de Muertos genuinamente cristiano
No se trata de elegir entre la cultura y la fe, sino de elevar la costumbre dándole su verdadero significado. Los sacerdotes proponen integrar elementos como la imagen de la Virgen de Guadalupe en la ofrenda y, sobre todo, asistir a Misa para pedir por el eterno descanso de los seres queridos.
Para saber si estamos celebrando con el enfoque correcto, el P. Jasso destaca tres señales inequívocas:
La gratitud reemplaza al lamento: Recordar no es solo sufrir la ausencia, sino dar gracias por la huella que esa persona dejó en vida.
La memoria se vuelve oración: Los altares, las flores y las fotos son solo el puente hacia el rezo sincero por sus almas.
Transforma nuestra relación con los vivos: Resultaría contradictorio honrar con tanto fervor a los ausentes mientras se descuidan las necesidades de quienes aún caminan a nuestro lado.




