El «Abuelo Dobri» caminó durante décadas 20 kilómetros diarios para pedir limosna en Sofía. Falleció en 2018 dejando un legado de desprendimiento absoluto que hoy impulsa su causa de canonización, recaudó millones para la Iglesia

SOFÍA, BULGARIA.— Vestía siempre de negro, lucía una prominente barba blanca y sus únicas pertenencias cabían en una habitación casi vacía. Durante décadas, los transeúntes que paseaban por las inmediaciones de la catedral de Alejandro Nevski, en Sofía, lo tomaron por un indigente más que intentaba sobrevivir a la intemperie. Sin embargo, tras la figura del «Abuelo Dobri» se escondía una de las historias de filantropía y entrega religiosa más impactantes de la historia reciente de Europa del Este.
Dobri Dobrev, quien falleció en 2018 a los 103 años de edad, no mendigaba por necesidad, sino por vocación. Tras tomar la decisión de abrazar la pobreza voluntaria por motivos de fe, convirtió la mendicidad en un canal de servicio activo: recogía diariamente pequeñas monedas de los viandantes para destinarlas íntegramente a la restauración de templos, monasterios y obras de caridad en toda Bulgaria.
Una vida marcada por la guerra y el sacrificio
Nacido en la pequeña localidad de Baylovo, la trayectoria vital de Dobrev estuvo atravesada por los grandes conflictos del siglo XX. Huérfano de padre tras la Primera Guerra Mundial, fue criado por su madre en medio de severas privaciones. Años más tarde, durante los bombardeos sobre la capital búlgara en la Segunda Guerra Mundial, una explosión cercana le causó una pérdida auditiva casi total que lo acompañaría el resto de sus días.
Pese a las secuelas físicas y las dificultades económicas, el anciano prefirió no acumular bienes. Mientras él subsistía de manera austera con una pensión mensual equivalente a unos 95 dólares, las estimaciones calculan que logró recaudar e integrar a la Iglesia e instituciones benéficas sumas equivalentes a millones de dólares a lo largo de su vida. Solo a la catedral de la capital le entregó más de 25.000 dólares, además de realizar constantes aportaciones de miles de dólares a diversos monasterios del país.
Para cumplir con su cometido, Dobrev realizaba diariamente un trayecto a pie de 20 kilómetros desde su pueblo natal hasta la capital, convirtiéndose en un rostro habitual y querido por los ciudadanos, quienes a menudo se acercaban a él no solo para ofrecerle una ayuda económica, sino para solicitar su bendición.
Símbolo moral y legado perdurable
En un contexto marcado por la desconfianza hacia las instituciones y la preocupación social por la corrupción, la figura de Dobri emergió como un referente de integridad y desinterés. En 2013, su labor fue reconocida públicamente al ser nombrado personalidad del año por una importante agencia de noticias búlgara, lo que impulsó la difusión de su historia a nivel internacional.
El alcance de su desprendimiento se hizo aún más evidente tras su fallecimiento. En la humilde estancia donde residía, junto a una iglesia en Baylovo, los allegados solo encontraron sus escasos bienes básicos: una cama en la que rara vez dormía —pues prefería descansar en el suelo—, un trozo de pan y medio tomate sobre la mesa.
Años después de su muerte, el impacto del «Abuelo Dobri» continúa vivo en la memoria colectiva de Bulgaria. Un gran mural de diez plantas en las calles de Sofía rinde homenaje a su figura, al tiempo que crecen los movimientos de fieles que solicitan formalmente su canonización dentro de la Iglesia ortodoxa.




