Los milagros de San Vicente Ferrer, el niño dulce y apacible, por Baltasar Bueno Tárrega
Desde bien pequeño se distinguió por sus habilidades oratorias y su buen comportamiento

De pequeño, dicen los historiadores, Vicente Ferrer era apacible y dulce, hermoso y agraciado, de belleza proverbial y ternura de ángel. Tal fue su fama, que la reina Leonor, hija del rey de Sicilia, casada con Pedro IV, mandó que le llevasen el niño a palacio, un tiempo que estuvo en Valencia donde vino a celebrar su boda, pues quería verle.
Durante la infancia se le atribuyeron diversos milagros. Acaeció una desoladora época de sequía que arruinó la huerta de Valencia. Su madre le pidió un milagro que remediase aquel mal. «Si queréis lluvia, llevadme en procesión», cuenta la tradición que dijo. Y ese mismo día, realizada la procesión, al ponerse el sol, se cernió sobre las tierras sedientas una gran lluvia.
A los seis años, sus padres le llevaron a la escuela donde puso de manifiesto su talento, memoria y tesón. Entre sus maneras de entretenerse estaba el imitar a oradores y predicadores retazos de sermones que había escuchado y terminaba preguntando a su auditorio, por lo general niños de su edad: «¿Os parece que seré un buen predicador?»
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Viéndole sus padres cualidades e inclinaciones religiosas, a los siete años «ya le tenían tonsurado», que era el símbolo de haber sido apartado para Dios y la vida de religión. Su padre pleiteó para lograr un beneficio, al que creía tenía derecho en la Catedral de Valencia, para su hijo Vicente, y no lográndolo lo compró en la Iglesia de Santo Tomás.
A los ocho años, comenzó a estudiar gramática, humanidades y retórica. A los 9, su nombre era célebre en Valencia, le llamaban «el niño santo milagrero».
En un acta notarial de 1359, el historiador M. Diago leyó el siguiente relato: «Miguel Garrigues, especiero, tenía un hijo de cinco años de edad, llamado Antonio Garrigues, el cual estaba enfermo de úlceras que le salieron en el cuello. Teniendo noticia su padre de las maravillosas cosas que se decían del hijo del notario Guillem Ferrer, con quien tenía mucha amistad, procuró llevar a Vicente Ferrer, para que tocase el mal, con la creencia de que le había de curar. Llevado pues a su casa, que estaba, situada en la misma calle del Mar, en la plaza llamada dels Ams, (luego, plaza del Altar de San Vicente) en la casa en la que hoy vive un cirujano, le tocó dicha úlcera y la lamió con la lengua. Al instante quedó sano el niño y desde aquel día, los niños de la vecindad, y en particular los que padecían alguna enfermedad, eran enviados por sus padres para que el niño de Guillem Ferrer les tocase y enseñase las oraciones, lo cual solía hacer con mucha frecuencia, amonestándoles a la virtud y al servicio de Dios».
Otro día, un grupo de niños tramó que uno de ellos se haría pasar por muerto, para gastarle una broma al niño Vicente Ferrer, a quien pedirían socorro.
Acudió rápido a la llamada y les dijo al verle: «Ha querido hacer el muerto por gusto, pero ha hecho mal, porque está verdaderamente muerto. Todos se le burlaron, pero al ir a tocar al compañero, vieron que efectivamente era cadáver. Arrepentidos de lo que habían hecho, suplicaron a Vicente le devolviera a la vida, lo que así hizo».
De ambos milagros, había recuerdos, uno, un altarcillo con una imagen pequeña del santo, en la plaza dels Ams, y otro, una cruz de piedra, en las afueras de la ciudad, donde ocurrió la muerte. Los dos testimonios fueron destruidos durante los hechos revolucionarios de 1835.
A los 14 años, estudiaba ya dialéctica y teología, manifestándose alumno aventajado en estas materias.
La devoción favorita del niño Vicente era rezar el Oficio de la Pasión, autoimponiéndose penitencias. Todos los días rezaba el Oficio de la Virgen María.
Disfrutaba de escuchar sermones sobre la Virgen y cuando se trataba de prédicas sobre la pasión y muerte de Jesucristo generalmente lloraba al vivir en su mente y corazón los horrores de aquellos acontecimientos.
Le gustaba a Vicente, en su adolescencia, retirarse sólo a la orilla del mar. Allí se dedicaba a la contemplación, se transfiguraba. Consecuencia de ello hablaba de Dios a sus amigos y conocidos, les hacía ver la belleza del firmamento, de la naturaleza.




