Todos los Santos: la alegría de la Iglesia Carta del Arzobispo de Valencia
La Solemnidad de Todos los Santos nos invita cada año a levantar la mirada hacia el cielo y a recordar que la meta de nuestra vida cristiana es el encuentro definitivo con el Señor. En este día, la Iglesia celebra la memoria de todos aquellos que, a lo largo de su vida, han perseverado en la amistad con Cristo y que ahora participan de la contemplación del rostro de Dios. Muchos de ellos son conocidos y venerados por toda la Iglesia; otros, la mayoría, han vivido su santidad en el silencio y la sencillez de la vida cotidiana. Todos, sin embargo, nos recuerdan que la santidad no es un ideal inaccesible, sino una vocación que nace de la gracia de Dios y que se hace realidad en el amor vivido cada día.
Los santos son testigos de las bienaventuranzas, personas que han experimentado en su propia vida la verdad de las palabras de Jesús. En medio de las dificultades, de las pruebas y de las incertidumbres, han descubierto que solo en Cristo podemos poner nuestra esperanza. Su vida nos muestra que la felicidad auténtica no depende del éxito, del poder o de las riquezas, sino de la confianza en Dios, de la misericordia, de la capacidad de perdonar y del amor entregado a los demás. También nosotros, especialmente cuando atravesamos momentos difíciles, necesitamos escuchar de nuevo la voz del Señor y dejarnos sostener por su promesa de vida eterna.
La celebración de Todos los Santos nos lleva también a visitar los cementerios y a mantener la hermosa tradición de adornar las tumbas de nuestros antepasados. Este gesto, que forma parte de la memoria afectuosa de nuestras familias y de nuestros pueblos, es mucho más que un recuerdo. Es una acción de gracias por la vida de quienes nos han precedido, por su testimonio de fe sencilla y por todo el amor que nos han ofrecido. Pensemos en tantos cristianos que, desde el anonimato, han amado a Dios y a los hermanos, han educado a sus hijos en la fe, han trabajado honradamente y han sostenido a sus familias con generosidad. Su vida, quizá discreta a los ojos del mundo, tiene un valor inmenso a los ojos de Dios.
Cuando visitamos sus tumbas, no solo recordamos con gratitud a quienes ya no están físicamente entre nosotros, sino que también elevamos una oración por ellos y pedimos la intercesión de aquellos que ya viven en la presencia del Señor.
La alegría de Todos los Santos se prolonga al día siguiente en la conmemoración de los fieles difuntos. La Iglesia, madre que acompaña a sus hijos incluso más allá de la muerte, ora por aquellos que todavía necesitan la misericordia de Dios antes de participar plenamente de la gloria del cielo. Por ellos ofrecemos la Eucaristía, pidiendo al Señor que perdone sus faltas y los acoja en su Reino celestial.
Que estas celebraciones renueven en nosotros la esperanza cristiana y nos ayuden a vivir con la mirada puesta en el cielo, sin dejar de amar y servir a los hermanos en la tierra. Que el testimonio de los santos nos anime en el camino y que la oración por nuestros difuntos nos recuerde que, en Cristo, la muerte no tiene la última palabra. Nuestra esperanza está en Él, que ha vencido a la muerte y nos abre las puertas de la vida eterna.
Enrique Benavent Vidal, arzobispo de Valencia



