Nadie diría que el ritual matutino que hoy nos despierta nació de un arrebato caprino en tierras de Abisinia. Cuenta la leyenda que un pastor, perplejo ante la hiperactividad de sus cabras tras ramonear unos pequeños frutos escarlata, decidió llevarlos al monasterio local. Los monjes, escépticos, intentaron cocinar los frutos; al comprobar el amargor insoportable de la infusión, los arrojaron con furia al fuego.
Los claustros medievales no solo alimentaban el alma, sino que dominaban la ciencia de la conservación. En el corazón de las montañas de los Vosgos, en la región francesa de Alsacia, fueron monjes benedictinos quienes perfeccionaron la alquimia de este icónico queso de corteza anaranjada y aroma imponente. Sea obra de aquellos religiosos migrantes o de un monje irlandés inspirador, el término Munster resuena etimológicamente como un eco directo de la palabra «monasterio«. Su textura untuosa y su carácter rotundo son el legado vivo de una paciencia monacal consagrada a la maduración perfecta.
En la alta cocina, los errores a menudo paren genialidades. Esto ocurrió en un convento catalán ante la inminente visita de un obispo de rango. Las monjas, dispuestas a agasajar al ilustre invitado con un flan tradicional, sufrieron un traspié culinario: la mezcla jamás cuajó.
La sofisticación líquida por excelencia tiene pasaporte benedictino. En la abadía de Hautvilliers, el monje celador de los sótanos, Dom Pierre Pérignon, perfeccionó de forma casi accidental el delicado método champenoise.