Los recetarios de los monasterios resguardan una de las tradiciones gastronómicas más refinadas y apreciadas: un legado fascinante que abarca desde la repostería artesanal y los guisos reconfortantes hasta los licores tradicionales
Tocino de cielo
Este tradicional postre elaborado con yema de huevo caramelizada y azúcar tiene su origen en Jerez de la Frontera, concretamente en el convento del Espíritu Santo. El tocino de cielo está ligado a la elaboración del vino de la zona y al empleo de claras de huevo para su clarificación. Las yemas que sobraran es tradición donarlas a los conventos y monasterios. Para aprovecharlas, inventaron el tocinillo de cielo.

Huevos a la capuchina
Podrían parecer una croqueta pero con tan solo un mordisco quedaría resuelto el misterio. Los huevos a la capuchina son huevos fritos, pero primero cocidos y rellenos de bechamel con jamón. En el libro Cuina monàstica (Cocina monástica), Jaume Fèbrega recoge esta receta junto con otras 150 de los mejores platos preparados en conventos y monasterios de Cataluña, Aragón, Castilla, Mallorca, Portugal e Italia.

Canelés de Bourdeaux
Estos pequeños bizcochos cilíndricos con bordes estriados son típicos de Burdeos, Francia. A principios del siglo XVI, las monjas de la orden de la Anunciación escribieron la receta con los ingredientes que recuperaban: la harina, el azúcar, la vainilla y el ron de los barcos que atracaban en la ciudad, y las yemas de huevo (igual que en Jerez) de las bodegas de la zona.

Bacalao de los frailes
Esta receta conventual bien podría formar parte de un menú con estrella michelín por su atrevida combinación de alimentos: bacalao, naranja, alcaparras y tomate, además de ajo, aceite y sal. No se conoce su origen con claridad, aunque sí que es típico de la Comunidad Valenciana.

Rosquillas
Este dulce, tradicional de la Semana Santa y de la madrileña fiesta de San Isidro, se consume en cinco variedades: las tontas, las listas, las de Santa Clara, las francesas y las ciegas. Cada una de ellas tiene sus particularidades y son típicas también de romerías y otras fiestas religiosas. Las rosquillas de Santa Clara, concretamente, fueron inventadas en el Monasterio de la Visitación de Nuestra Señora de las Monjas Franciscanas, a donde doña Catalina Núñez, esposa de Alonso Álvarez de Toledo, se retiró, descubrió y popularizó entre los madrileños.





