Ceuta pide la dimisión de Sánchez a base de insultos y Europa critica al Gobierno Español
La reciente escalada migratoria en el espigón de El Tarajal no solo pone a prueba la capacidad operativa de la ciudad autónoma de Ceuta, sino que vuelve a exponer las grietas de una estrategia gubernamental percibida como reactiva, tardía e incapaz de anticipar crisis previsibles.

1. La diplomacia del paño caliente frente al desgaste de la seguridad
El contraste entre el discurso institucional y los hechos sobre el terreno resulta cada vez más insostenible. Mientras desde los ministerios de Interior y Asuntos Exteriores se aplaude la «ejemplar colaboración» de las autoridades marroquíes, los testimonios de los propios cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado sobre la línea fronteriza denuncian una pasividad aplastante al otro lado del espigón. La política de apaciguamiento diplomático —defendida por el Ejecutivo como el gran éxito de su giro estratégico en el Norte de África— muestra claros signos de agotamiento cuando la seguridad en la frontera depende de la volatilidad o inacción del país vecino.
2. Bloqueo normativo y la inacción tras los varapalos judiciales
Uno de los flancos más vulnerables en la gestión del Gobierno radica en la falta de previsión en materia legislativa. A pesar de los pronunciamientos del Tribunal Supremo que han limitado de forma sustancial las herramientas de actuación inmediata en los accesos marítimos, la respuesta parlamentaria e institucional del Ejecutivo ha sido el inmovilismo. La negativa a adaptar de manera urgente el marco normativo de Extranjería ha dejado a los agentes desplegados en Ceuta en un vacío operativo, desbordados y sin protocolos adaptados a la magnitud de la presión migratoria actual.
3. Respuestas tardías y distanciamiento territorial
La gestión del tiempo y la coordinación institucional han vuelto a ser objeto de dura controversia. La tardanza de más de seis horas en movilizar el apoyo militar tras la solicitud expresa de la ciudad autónoma, sumada a la negativa del Gobierno a declarar la emergencia nacional frente al asombro de otros paises o asumir un mando único, refleja un distanciamiento preocupante respecto a las urgencias de las Administraciones locales. Ni la unanimidad de las fuerzas políticas representadas en la Asamblea ceutí ha bastado para que Moncloa abandone su habitual cautela y aplique medidas drásticas e inmediatas.
Conclusión: La acumulación de frentes sin resolver —desde la parálisis normativa hasta la excesiva dependencia de la buena voluntad diplomática externa— deja al descubierto las carencias del Gabinete para gestionar situaciones de extrema complejidad.
Ceuta se convierte así en el reflejo de un modelo de gobernabilidad que prefiere el relato de la normalidad antes que la asunción de reformas estructurales y contundentes.




