Hoy, 8 de julio, la Iglesia recuerda al Beato Papa Eugenio III, el primer monje cisterciense en llegar al trono de San Pedro y un pastor que dedicó su pontificado a defender la unidad de la Iglesia en uno de los períodos más complejos de la Edad Media
Nacido como Bernardo Paganelli alrededor del año 1088 en Pisa, Italia, inició su vida eclesial como canónigo y, ya siendo sacerdote, abrazó la espiritualidad de la Orden del Císter bajo la guía de San Bernardo de Claraval, quien sería uno de sus más cercanos colaboradores y consejeros.
En 1145, tras la muerte del Papa Lucio II, fue elegido Sucesor de Pedro con el nombre de Eugenio III, convirtiéndose en el Papa número 167 de la Iglesia. A pesar de su nueva misión, nunca abandonó la sencillez de su vocación monástica y, según la tradición, continuó vistiendo el hábito cisterciense hasta el final de su vida.
Su pontificado estuvo marcado por grandes desafíos: impulsó la renovación de la Curia y del episcopado, promovió la reforma de la vida religiosa, fortaleció la enseñanza de la fe frente a las herejías y trabajó por mantener la unidad de la cristiandad en medio de profundas tensiones políticas y religiosas.
También convocó la Segunda Cruzada con el deseo de defender a los cristianos de Oriente, aunque la expedición terminó en fracaso. Lejos de desanimarse, continuó ejerciendo con firmeza su misión pastoral, guiado por el convencimiento de que el Papa debía ser, ante todo, un servidor de los asuntos espirituales.
San Bernardo de Claraval lo describió como «uno de los Pontífices más grandes y que más sufrieron», reconociendo en él a un pastor fiel que supo cargar con el peso de la Iglesia en tiempos difíciles.
El Beato Eugenio III falleció en Roma el 8 de julio de 1153. Su culto fue aprobado en 1872 por el Papa Pío IX.



