Bajo el lema “Yo, en cambio, nunca te olvidaré”, el Pontífice denuncia la soledad y el abandono que sufren los mayores en la sociedad actual y hace un llamamiento global a la proximidad y al cuidado humano
El Papa ha hecho público su mensaje oficial para la Jornada Mundial de los Abuelos y las Personas Mayores, que se celebrará el próximo 26 de julio de 2026. Inspirado en una cita del profeta Isaías (“Yo, en cambio, nunca te olvidaré”), el documento pontificio se presenta como un fuerte alegato contra el aislamiento social de la ancianidad y una invitación urgente a redescubrir el valor espiritual y social de la fragilidad humana.
Un antídoto contra el anonimato y la soledad
En el texto, se constata con preocupación cómo la vejez suele verse afectada por un «velo de olvido«, visible tanto en los hogares donde impera la soledad como en los centros hospitalarios donde la identidad de los pacientes corre el riesgo de reducirse a «un número de cama o una patología«.
Frente a esta realidad, el mensaje propone el amor divino como un acto de justicia y consuelo. Citando su reciente encíclica Magnifica humanitas, se subraya que, a pesar del auge de la cultura digital y la multiplicación de las conexiones virtuales, «el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad».
La denuncia de una economía deshumanizada
El Pontífice no ha eludido los factores estructurales que agravan la situación de los mayores, señalando directamente a los modelos económicos vigentes:
«La Iglesia sabe que una economía concentrada sobre el beneficio debilita las relaciones familiares; sabe que muchos ancianos son abandonados por los hijos que se ven obligados a migrar o, en algunos casos, a combatir en la guerra.»
Asimismo, el texto lamenta los prejuicios sociales que tienden a etiquetar a las personas de edad avanzada como un «peso» o una carga para la sociedad.
La vejez como oportunidad espiritual
Un punto clave del documento es la consideración de la ancianidad como un tiempo propicio para el inicio o la intensificación de la vida espiritual, especialmente en una época donde cada vez más personas llegan a edades avanzadas sin haber tenido una experiencia real de fe.
Apoyándose en reflexiones de San Agustín y del beato Juan Pablo I, se define a Dios bajo una perspectiva maternal y protectora que «calienta, nutre y custodia«, invitando a los fieles a perder el miedo a la fragilidad. «Esta debilidad lleva consigo una nueva potencialidad«, afirma el texto, asegurando que la aceptación de la propia vulnerabilidad es el camino para la ayuda mutua y la reconciliación.
Una misión para los jóvenes y un clamor por la paz
Hacia el cierre del mensaje, se realiza un llamamiento directo a las nuevas generaciones para que retomen «la bella costumbre» de visitar a sus abuelos y a los ancianos que se encuentran solos, convirtiendo las palabras del profeta en un «tierno y afectuoso encuentro».
Finalmente, el Papa se dirige a los mayores —a quienes se refiere como un «nuevo pueblo» debido a su crecimiento demográfico inédito en la historia— para pedirles que se unan en una oración constante por la paz global, en un contexto internacional fuertemente marcado por la violencia bélica y social.




