Bajo el lema ‘Declara la guerra al hambre’, la delegación oscense lanza campaña y busca recaudar más de 70.000 euros para transformar la agricultura de subsistencia en la región de Gikongoro
El Salón Azul del Casino de Huesca se convirtió en el epicentro de la solidaridad altoaragonesa. En un acto cargado de testimonios y compromiso, Manos Unidas Huesca presentó oficialmente su campaña número 67, una iniciativa que este año cruza fronteras para aterrizar en las colinas de Ruanda, donde la organización pretende garantizar el derecho a la alimentación de miles de campesinos.
La presentación contó con la participación de la presidenta delegada, Rosa Tenas, el obispo de la diócesis, monseñor Pedro Aguado Cuesta, y el misionero Carmelo Pérez-Aradros, quien aportó la visión de terreno tras tres décadas de labor en Zimbabue.
Un proyecto de vida para 30.000 personas
El foco de este año está puesto en la zona rural de Gikongoro, en África Central. Se trata de una región castigada por la superpoblación y una agricultura extremadamente vulnerable a los vaivenes del clima. El proyecto, que cuenta con un presupuesto de 70.196 euros, tiene un objetivo claro: pasar de la mera supervivencia a la producción sostenible.
«Con una inversión de alrededor de 70.000 euros se puede cambiar la vida de miles de personas», subrayó monseñor Aguado Cuesta.
La hoja de ruta para este año incluye:
Acceso a insumos: Distribución de semillas de patata de alta calidad a precios accesibles.
Infraestructura: Construcción de un invernadero y adquisición de equipamiento técnico.
Formación multiplicadora: 18 comités recibirán formación técnica para transmitir conocimientos a toda la comunidad, alcanzando a más de 28.000 beneficiarios indirectos.
Justicia social frente al conflicto
Durante su intervención, el obispo de Huesca vinculó la lucha contra el hambre con la construcción de una paz real. En un mundo fragmentado por las guerras, Aguado Cuesta recordó que la paz verdadera es aquella que «combate la exclusión y promueve los derechos económicos«.
Ruanda, que ocupa el puesto 160 de 193 en el índice de desarrollo humano, representa el desafío de devolver la dignidad a comunidades que dependen enteramente de la tierra. El prelado compartió una emotiva anécdota de su paso por Camerún, recordando cómo un niño ayudado por Manos Unidas terminó convirtiéndose en maestro: «Estos niños pueden cambiar el mundo porque se han sentido amados«.




