El Vaticano abre las puertas de su andamio de seis pisos para mostrar la limpieza y secretos de la obra maestra en la Capilla Sixtina antes de Semana Santa
El silencio sagrado de la Capilla Sixtina se ve interrumpido estos días por el eco de los trabajos de restauración. A pocos metros del pavimento cosmatesco, una estructura metálica de seis niveles se eleva hasta tocar la bóveda, permitiendo a un selecto grupo de expertos enfrentarse cara a cara con la obra cumbre de Miguel Ángel: El Juicio Final. El objetivo es eliminar la «piel» blanquecina que el turismo masivo ha dejado sobre los frescos, en una carrera contrarreloj que finalizará antes del inicio de la Semana Santa 2026.

El enemigo invisible: sudor y calcio
A pesar de las restauraciones históricas de los años 80 y 90, la obra maestra de Buonarroti ha sucumbido a un enemigo silencioso: el lactato de calcio. Según explicó Barbara Jatta, directora de los Museos Vaticanos, el flujo constante de 25,000 visitantes diarios genera sustancias orgánicas derivadas del sudor y la respiración que terminan depositándose sobre el fresco en forma de una fina película blanca.
«Es una obra menos pesada que otras anteriores, pero estrictamente necesaria para preservar la integridad del Juicio Final», asegura Fabrizio Biferali, conservador del departamento de arte de los Museos.
Cirugía con papel japonés
A diferencia de las polémicas intervenciones del siglo pasado, el método actual destaca por su minimalismo y delicadeza. El equipo de restauración, compuesto por una decena de especialistas, utiliza una técnica casi quirúrgica:
Se coloca un pequeño cuadrado de papel japonés transparente sobre el fresco.
Se aplica suavemente un pincel con agua desmineralizada.
Tras unos minutos, el papel absorbe la pátina blanquecina y se retira, devolviendo el vigor original a la carne de los condenados y la gloria de los santos.
Una oficina «en las nubes»
Trabajar a esta altura permite descubrir detalles que el ojo humano no alcanza a distinguir desde el suelo. En el sexto piso del andamio, la figura de Cristo resucitado revela con nitidez los estigmas de las manos y el costado, detalles que normalmente quedan difuminados por la distancia.
Para los restauradores, que trabajan protegidos por cascos y rodeados de una lona de alta definición que cubre la estructura, la experiencia es mística. «Sabemos que tenemos la oficina más bonita del mundo«, confiesa Biferali, consciente de que su labor permitirá que el fresco recupere su esplendor justo a tiempo para el periodo litúrgico más importante del año.





