Expertos mundiales se reúnen en Roma en vísperas de la primera encíclica del Papa León XIV sobre la Inteligencia Artificial
En un movimiento estratégico que sitúa a la Santa Sede en el centro del debate tecnológico global, la Pontificia Universidad Urbaniana inauguró este jueves 21 de mayo la conferencia internacional “Preserving Human Voices and Faces” (Custodiar voces y rostros humanos). El encuentro, promovido por el Dicasterio para la Comunicación y el Dicasterio para la Cultura y la Educación, reúne a expertos en informática, ética, periodismo y gobernanza digital para abordar el que ya se define como el mayor desafío antropológico de nuestra era: cómo evitar que los sistemas automatizados suplanten la identidad y el pensamiento crítico del ser humano.
Este foro de alto nivel coincide con un momento de intensa actividad regulatoria y doctrinal dentro del Vaticano. Apenas unos días después de que el Papa León XIV formalizara la creación de una Comisión Interdicasterial dedicada exclusivamente a la Inteligencia Artificial (IA), la Iglesia se prepara para el lanzamiento de Magnifica humanitas. Esta será la primera encíclica del actual Pontífice y estará enfocada en la custodia de la persona en la era digital, firmada simbólicamente en el aniversario de la histórica encíclica social Rerum Novarum.
El peligro de la «delegación cognitiva»
Durante la apertura de las jornadas, Paolo Ruffini, prefecto del Dicasterio para la Comunicación, advirtió de manera contundente sobre los riesgos de la pasividad social ante el avance tecnológico.
«El peligro más grande consiste en aceptar pasivamente la idea de que el conocimiento ya no nos pertenece; y que algo que nosotros mismos hemos construido —algoritmos, plataformas o sistemas automatizados— pueda ser encargado de pensar en nuestro lugar», afirmó Ruffini.
El prefecto instó a los profesionales de la información a defender una «economía de la comunicación» ligada a la verdad, la transparencia de las fuentes y la rendición de cuentas, diferenciando el cálculo estadístico de la palabra humana.
Más allá de los datos: el misterio de la persona
Por su parte, el cardenal José Tolentino de Mendonça, prefecto del Dicasterio para la Cultura y la Educación, aportó la visión filosófica del encuentro. Frente a la proliferación de deepfakes, chatbots afectivos y la personalización extrema de los entornos virtuales, el purpurado recordó que la voz y el rostro no son mercancías medibles.
«El ser humano nunca puede reducirse a un dato, a un perfil, a un algoritmo. Lo humano es siempre exceso, misterio, llamada«, reflexionó de Mendonça.
El cardenal aclaró que la postura de la Iglesia no busca frenar la innovación digital, sino encauzarla a través de un «discernimiento positivo» y una alianza crítica con las herramientas tecnológicas.
Un panel de vanguardia internacional
La conferencia destaca por un marcado carácter interdisciplinario y una amplia pluralidad geográfica, con una notable presencia femenina en la primera línea del debate científico y social. Entre los ponentes principales figuran:
Joy Buolamwini, investigadora líder en la denuncia de sesgos raciales y de género en el reconocimiento facial.
Kashmir Hill, periodista del New York Times especializada en privacidad y vigilancia digital.
Tristan Harris y Mitchell Baker, referentes globales en ética tecnológica y desarrollo de software libre.
Representantes de organismos multilaterales como la UNESCO y la European Broadcasting Union (EBU).
Los cuatro ejes del debate
Las mesas de trabajo de la cumbre vaticana se estructuran en cuatro bloques críticos:
Autenticidad vs. Simulación: El impacto de los deepfakes y las relaciones artificiales en el ecosistema informativo.
Brecha y Desigualdad: El riesgo de que los modelos de IA profundicen las discriminaciones socioeconómicas existentes.
Gobernanza: La búsqueda de un marco de responsabilidad y co-creación entre desarrolladores y reguladores.
Educación: La urgencia de formar a las nuevas generaciones para que no renuncien a su capacidad de pensamiento crítico.
Con esta cumbre, el Vaticano ratifica su postura de considerar a la Inteligencia Artificial no como un mero asunto técnico, sino como una nueva «cuestión social» que requiere una respuesta ética urgente antes de que se altere de forma irreversible la gramática del encuentro humano.



