Por primera vez en siglos, el corazón del cristianismo cancela sus procesiones y restringe el acceso total debido al conflicto en Tierra Santa. «Ni siquiera un fraile puede entrar«, relatan testigos desde la Ciudad Vieja, un silencio histórico
La Semana Santa ha comenzado en la Ciudad Santa no con el júbilo de las palmas, sino con un silencio sepulcral que no se recordaba en generaciones. En un giro inédito de los acontecimientos, las autoridades han cancelado la emblemática procesión del Domingo de Ramos y han sellado virtualmente el acceso al Santo Sepulcro, dejando el lugar más sagrado de la cristiandad sumido en una soledad técnica y espiritual.
Un búnker de oración en el corazón de la guerra
La liturgia, que normalmente atrae a miles de peregrinos de todo el globo, se ha visto reducida a un acto de resistencia intramuros. Según ha relatado el padre Enrique Bermejo desde el epicentro del conflicto, la comunidad franciscana mantiene viva la llama del culto, pero lo hace a puerta cerrada y bajo una vigilancia asfixiante.
«Las puertas están cerradas. Si la policía te ve, no te deja pasar. Ni siquiera un fraile de fuera puede acceder ahora mismo«, detalló Bermejo, describiendo una situación que roza lo surrealista: un templo que está «abierto» para la urgencia, pero «clausurado» para el mundo.
La fractura de una ciudad: Normalidad vs. Asedio
El contraste en Jerusalén es hoy una herida abierta. Mientras la «ciudad nueva» intenta proyectar una imagen de cotidianidad, la Ciudad Vieja y los enclaves cristianos se asfixian bajo una presión doble:
El colapso económico: En Belén, la ausencia de turistas ha convertido los negocios en persianas bajadas y calles vacías.
La tensión sobre el terreno: Se reporta una «intensa presión» de los colonos y una pasividad alarmante de las autoridades ante el acoso a las comunidades locales.
Restricciones de movimiento: Localidades como Taybeh o la propia Belén sufren controles militares que imposibilitan el flujo tradicional de fieles.
«Si me toca, me tocó»: La filosofía de la resiliencia
La guerra ha obligado a los residentes a desarrollar una piel dura. La interrupción de misas por el aullido de las sirenas —como le ocurrió recientemente al cardenal Pizzaballa en Nazaret— ya no es una anomalía, sino parte del paisaje sonoro.
Para los cristianos de Tierra Santa, la fe este año no se mide en procesiones multitudinarias, sino en la capacidad de seguir adelante entre explosiones. Como resume el padre Bermejo con una crudeza casi mística: «Ya estamos acostumbrados a las cosas raras. Uno piensa: ¿me tocará o no me tocará? Pero si toca, pues tocó».
Esta Semana Santa de 2026 pasará a la historia no por lo que se vio en las calles, sino por lo que se guardó bajo llave en el interior de un sepulcro que, una vez más, espera tiempos de resurrección.




