En un contexto global marcado por el rearme, el observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, monseñor Gabriele Caccia, lanzó un contundente llamado a la comunidad internacional para frenar la escalada de la retórica nuclear y redirigir los fondos militares hacia el desarrollo humano
Durante su intervención frente a la Asamblea General en Nueva York, Caccia recordó que el legado de las más de 2,000 pruebas nucleares realizadas desde 1945 no es solo histórico, sino una herida abierta. El arzobispo denunció que las consecuencias de estos ensayos han recaído desproporcionadamente sobre:
Pueblos indígenas.
Mujeres y niños.
Los no nacidos, quienes aún sufren secuelas sin recibir compensación alguna.
«Debemos rechazar con firmeza la tentación de depositar nuestra confianza en armas poderosas y sofisticadas», sentenció el representante vaticano, citando la advertencia del Papa sobre la peligrosidad de «acostumbrarse a la guerra».
Contradicción presupuestaria: Armas vs. Bien Común
Uno de los puntos más críticos de la ponencia fue la denuncia del aumento del gasto militar global. Según el Observador Permanente, mientras los Estados perfeccionan tecnologías de destrucción masiva, la inversión en el «desarrollo humano integral» muestra un retroceso preocupante.
Para la Santa Sede, la seguridad real no reside en el poder destructivo, sino en el diálogo multilateral y el cumplimiento de los tratados internacionales vigentes.
Hoja de ruta hacia el desarme
Para concluir su declaración, monseñor Caccia instó a los países miembros a tomar medidas concretas para garantizar una paz duradera:
Ratificación de Tratados: Urgió la entrada en vigor del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCE) y del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPNW).
Vigilancia Internacional: Abogó por el fortalecimiento de los sistemas de monitoreo global.
Reparación: Pidió apoyo directo para las comunidades que aún padecen las consecuencias de la actividad nuclear.



